Cuando todo se te echa encima, hundiéndote y superando todas tus fuerzas de luchar contra cualquier cosa.
Cuando no hay calma, solo tormenta. Piedra tras piedra, imposible levantarte sin esa mano. Se me acercan las paredes, desaparecen las salidas. No encuentro las llaves, me quedo sin vida.
Estoy perdida, no encuentro el camino. Estar tan hundida porque preferí ahogarme a nadar, caer a volar. El esfuerzo se me agota, mis pilas no funcionan. Intento escapar, pero me caigo sin cesar. Ya no es una piedra, es un agujero en el camino, en el que ya he caído. No puedo salir de aquí, seguir adelante, es que o eres fuerte o buena suerte.
He aprendido que, cuando alguien o algo consigue fundir tu hielo, desconjelarte y reconstruirte y consigue que pierdas ese miedo a sentir, a volver a sufrir; es a lo que más te aferras, de lo que más depende tu felicidad, entonces en ese instante, desparece dejando un vacío que hace de ti un puzzle desmontado con incajables piezas de cristal.
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