jueves, 13 de noviembre de 2014

EL VENENO SE CONSUME A FUEGO LENTO.

Añorar, perder a alguien importante, es posiblemente lo más doloroso y difícil de superar. Peor que cualquier tipo de dolor físico, peor que si alguien te estuviera descuartizando en trozos diminutos y tirándolos por el más profundo y frío precipicio de recuerdos. Recuerdos, sólo eso, momentos que no vuelven, cerrados para siempre en el baúl del pasado, pequeñas armas que abren cicatrices.
Lo peor es que es la persona que pierdes la única capaz de recojer todos tus pedazos y unirlos, tenderte la mano y sacarte de ese abismo. Pero esa persona no va a volver. Entonces, ¿qué? ¿Permanezco rota y hundida para siempre? ¿O acabo con este dolor punzante causado por mil espinas clavadas en el corazón e incontables balas de armas invisibles?
He aprendido que no todos los trenes son de ida y vuelta: la mayoría no regresan, sólo son de ida, huída de este mundo cruel donde nada es para siempre, donde todo a los que te aferras desaparece.
He aprendido también que una pistola puede disparar infinitas veces y que la sangre de verdad es la que no se derrama. Que por muchas despedidas que suframos, nunca estaremos acostumbrados a ellas. Que hay llaves que sólo abren, no cierran. Y lo más importante, no sé que hay después de la muerte, pero sí os puedo asegurar que es el fin de una gran mentira, un descanso de tanto dolor y crueldad. La muerte es una pequeña chispa de dulce fuego consumiendo la amargura a causa de tanto veneno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario