En vez de rosas, la vida me dio espinas.
En vez de la mano, me dio puñetazos.
Pero aprendí.
Aprendí a no aferrarme.
Porque son nuestros pilares
lo que más nos destroza.
Porque las risas pronto
se convierten en lágrimas.
Aprendí a disfrutar.
Por efímero que lo grato sea,
a pesar de la nostalgia que le rodea.
Porque somos pasajeros de un tren
que siempre acaba estrellándose,
y mejor si disfrutamos del viaje.
Aprendí a dejarme llevar
mientras caía,
a disfrutar del descenso,
y de las vistas del precipicio.
Aprendí a valorar los vacíos,
por lo que hubo,
no por lo que se ha ido.
Crecí en el abismo,
y ahora el mundo exterior me asusta.
Aprendí cayendo,
no riendo.
En vez de la mano, me dio puñetazos.
Pero aprendí.
Aprendí a no aferrarme.
Porque son nuestros pilares
lo que más nos destroza.
Porque las risas pronto
se convierten en lágrimas.
Aprendí a disfrutar.
Por efímero que lo grato sea,
a pesar de la nostalgia que le rodea.
Porque somos pasajeros de un tren
que siempre acaba estrellándose,
y mejor si disfrutamos del viaje.
Aprendí a dejarme llevar
mientras caía,
a disfrutar del descenso,
y de las vistas del precipicio.
Aprendí a valorar los vacíos,
por lo que hubo,
no por lo que se ha ido.
Crecí en el abismo,
y ahora el mundo exterior me asusta.
Aprendí cayendo,
no riendo.
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