lunes, 12 de enero de 2015

Icebergs.

-Adiós... -me dijo justo antes de acercar sus labios a los míos y ocasionar un perfecto accidente, una colisión de pasiones y besos fréneticos, aprovechando y sabiendo los dos corazones, que serían los últimos.
Y tuvo que irse, dejándome vacía y perdida, en un mar de recuerdos y lágrimas, del que aún no he encontrado la salida.
Los días pasaban poco a poco haciendo de cada hora sin él, una eternidad. Mi vida era controlada por las manecillas de un reloj que no avanzaban. La ausencia de sus besos había congelado el tiempo. Poco a poco, mi vida se iba haciendo un infierno. Los días oscuros y monótonos, sin él, llenaban el vacío del tiempo, que desperdicié ahogándome en nostalgia. 
Nostalgia, quizás definiría esa palabra como un profundo océano de recuerdos. Quizá el amor sea el barco de ese océano y quizás yo sea una pobre naufrága perdida que no sabe a donde sujetarse para mantenerse a flote y llegar a tierra firme. Tierra firme equivaldría a estabilidad emocional, es decir, no derrumbarme cada dos por tres. Quizás el mar está tan movido, a causa de tanta tormenta, que ha provocado tal desorientación en mi que ya no sé ni qué camino seguir. ¿Volverá a estar el oleaje en calma? ¿Dejará la Luna Llena de alterar la marea? ¿Dejaré de encontrar icebergs a cada brazada que intento dar?

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