Hay una cuerda alrededor de mi cuello, intentando ahogarme. Esta cuerda nunca afloja, siempre aprieta, a la espera de que algún día me canse de resistir y mis fuerzas se agoten. Pero ese día no puede llegar, voy a saber manejar el juego mejor que esta veterana cuerda llamada vida. A veces, gracias a un comodín, ganas la batalla. Esta vez no son unos cuantos dólares, sino que todo está en juego y no pienso lanzar todo al fuego.
Aún así el dolor es inevitable. Lágrimas resbalando por mi mejilla, cada una con el reflejo de un recuerdo distinto, intentando ahogar mi mente en un profundo y oscuro mar de nostalgia y pasado. Quiero dejar de ser la rosa sin espinas, la damisela sin armadura. Esta vez, es mi fuerza contra el dolor. Esta vez no va a ganar la vida, y aun que me tenga que enfrentar a la muerte, seguro que será mucho más dulce que la amargura de la existencia. Porque al fin y al cabo, la muerte te sacrifica para detener el dolor, la vida en cambio solo lo intensifica.
Cómo voy a mantenerme de pie, si no puedo fiarme ni de mi propia sombra. Cómo voy a ser feliz viendo como mi mundo se desmorona, como mi vida acaba justo al empezar. Cómo voy a ser capaz de volver a montar el puzzle de la estabilidad cuando se han perdido todas las piezas.
Veo poco a poco como mi vida es envuelta por una gran manta oscura que va robando el más insignificante rayo de luz. Un llanto sin lágrimas, va inundando mi corazón. Una sonrisa fingida intenta disimular el dolor. Solo necesito encontrar el hilo que sepa coser mis cicatrices.
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